CÓMO NO PERDER UN TESORO.

El cerdito valiente calmaba al lobo feroz cuando éste perdía las formas. Era algo muy difícil, pues en cualquier momento, podría avalanzarse contra él y pegarle un suculento bocado en una de sus preciosas patas. Sin embargo, el joven cerdito se armaba de valor y aguardaba hasta que el lobo recuperaba la sonrisa. Le contaba chistes, le preguntaba sobre cómo le había ido el día y le ponía música porque decían que amansaba a las fieras.

El lobo cada vez que se cabreaba con el mundo aparecía en la puerta del cerdito. Necesitaba que lo calmase y eso es lo que él hacía. Un día el cerdito le preguntó si le quería ir a cenar con él. El lobo, se quedó estupefacto unos instantes, y le contestó rápidamente que tenía otros asuntos importantes que atender. El cerdito no perdía oportunidad y seguía insistiendo. Le proponía ir a pasear por la playa, la montaña y hasta ir al cine pero el lobo siempre se escudaba con una u otra excusa.

Pasaron los meses y, el lobo aparecía muy de vez en cuando por casa del cerdito. Pero cada vez que iba llegaba aún más enfadado. El cerdito no sabía muchas veces qué hacer. Se sentía mal porque el lobo solo se acordaba de él cuando estaba mal. Era el único que no le pedía nada a cambio por escucharlo. No le hacía preguntas, tan solo escuchaba y le ponía un toque de humor a su día.

Pero tras aguantar día a día y, al ver que el lobo no le demostraba que era realmente su amigo. Decidió cerrar la puerta de su casa y no abrirla más.

El lobo apareció un par de veces, pero tras su nefasta insistencia el cerdito no cedió. Se había dado cuenta que lo estaba utilizando, que no eran tan amigos como él creía. No compartían alegrías mutuas y aún menos los pesares del pobre cerdito que, aguantaba carros y carretas en silencio.

A oscuras en su habitación llorando porque nadie se preocupaba por él. Tomó una decisión: “lo mejor era dar carpetazo”. Llevava varios días encerrado. Todo se ennegrecía, ni el lobo iba a volver ni él estaba dispuesto a correr detrás de él. Estaba cansado, hastiado, exhausto de ser siempre el que se preocupa por los demás y no ser del que se preocupan.

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El lobo era un pasota, un “miro mi ombligo”, que no se daba cuenta que había más personas con sus problemas y aún asi sacaba tiempo para ayudarle; para hacerlo sonreír. El cerdito tan solo quería a alguien con quien compartir inquietudes y pensamientos. Alguien a quien contarle su día a día a un amigo incondicional, como era él.

Pasaron los días y el lobo dejó de ir, no volvió a aparecer.¿Por qué? No lo sé…quizás por pasotismo, por creer que el cerdito estaba bien cuando no era así y porque quizás…no se diera cuenta de lo valioso que es tener a alguien así. Apesar de sus desdenes y malas caras, siempre estaba ahí. Eso era cierto, siempre había estado.

El cerdito valiente siguió su vida hacia delante. No podía hacer nada, no iba a obligarlo. Aún sigue siendo fuerte y luchador. Todavía sigo sin saber si el lobo se dió cuenta de lo que perdió por una estupidez… Aunque estoy totalmente convencida que se marchó con el rabo entre las piernas.

Así que, valora hoy lo que tienes porque, quizás mañana sea demasiado tarde

“No llores por alguien que te hace daño; solo sonríe y dile: gracias por darme otra oportunidad para conocer a alguien mejor que tú.”

 

Fdo. Hablando Balleno.

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