CÓMO ECHARTE DE MENOS.

Había una vez un precioso pollito que vivía en una granja, donde estaba rodeado por los demás animales. Tenía más hermanos, pero le hacían caso omiso. No jugaban con él, y el pobre imaginaba todos los días cómo sería tener un amigo con el que distraerse mientras se sentaba en un trozo de madera observando pasar el día.

Pero un día apareció un niño de unos 9 años con una máquina muy extraña entre las manos. Era el nieto de la propietaria de la granja, que traía un robot de última generación que él mismo había diseñado. El pollito se quedó perplejo, era un fabuloso robot que tenía unos grandes ojos y una gran sonrisa. Al cabo de unos instantes, la abuela llamó al jovencito para que fuese a merendar. Así que el pollito aprovechó para acercarse a curiosear qué era aquello que estaba frente a él. Apenas dió unos pasos para comprobar qué era aquello y de repente, el robot se iluminó. Se había encendido y empezó a sonar unos extraños ruidos extraños que hicieron que el animal se escondiera bajo la paja que había cerca.

El robot comenzó a hablar en voz alta y el pollito al escucharlo, asomó la cabeza y le soltó un “¡Hola!” y rápidamente fue respondido con un “¡Hola!” encantador y saleroso. No se lo podía creer, la máquina hablaba. Estupefacto, se acercó a donde estaba y le preguntó que quien era, el robot le contestó que se llamaba Walle y el pollito cortésmente se presentó también. Pasaron los minutos y ambos seguían hablando, parecían que se conocían desde siempre, hasta hubo risas cómplices. Había pasado una hora desde que el niño se fue a merendar y ahí seguían, sentados uno al lado del otro, contándose cosas que desconocían.

Pero llegó el atardecer y con ello la hora de despedirse. Prometieron volverse a ver al próximo día para seguir charlando de sus inquietudes. Al día siguiente, el robot volvió a ir a la granja para jugar con el pollito. Ambos disfrutaban muchísimo jugando al esconder y al veo veo. No paraban de reírse y de hacer bromas. Iban a pasear por el campo, cogían flores, se tiraban en el barro de los cerdos y, hasta se bañan en el agua que bebían las vacas. También se contaban las aventuras que habían vivido. Además de comentarse los miedos que le tenían al futuro. El pollito temía por su vida, porque desconocía qué pasaría cuando fuese mayor porque no sabía realmente dónde iban los pollitos cuando crecían; ya que le habían contado que iban al paraíso de los pollos. En cambio, el robot no sabía si algún día podía crecer; él no conocía a otros de su especie. Era la incertidumbre que poseía desde que tiene memoria. En ellos, se veía una imagen de amistad, de una amistad de verdad.

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Pasaron los días y los meses de verano y, con ello la hora de despedirse. Era una mañana como otra cualquiera, como las que pasaban tan a menudo, cuando el robot se acercó al pollito y le dijo que se marchaba con su dueño a la ciudad. Volvían a la rutina. El pobre pollito, al escuchar esas palabras, se le llenaron los ojos de lágrimas. No podía creer que su único amigo, con el que había pasado tanto tiempo durante el verano, se marchase.

El robot, sin embargo, no se inmutó y el bonito pollito le preguntó que si no sentía tristeza porque se iban a despedir. Éste le pregunto que qué era eso, el animal se quedó perplejo. ¡Su amigo no tenía sentimientos! Desconocía qué era eso. Tras derramar un mar de lágrimas, el pollito se acercó al robot y le dijo,

“Cuando me eches en falta y no esté ahí, aprenderás la sensación de perder a alguien a quien has tenido”.

El robot se quedó sin saber qué decir, pues no entendía aquellas palabras que el pollito le había expresado. Lo despidió con un frío movimiento de mano y le dijo “¡Adiós!” con su peculiar tono.

Transcurrieron los meses y, el robot comenzó a sentirse extraño, algo le pasaba dentro del circuito. Se dispuso a abrir la carcasa que lo recubría para ver si los cables se habían hecho un nudo pero vió que estaba todo en orden pero no había nada extraño. Entonces recordó las palabras de su amigo el pollito y, en ese momento comprendió lo que sintió aquel día el pollito cuando se despidieron.

Fdo. Hablando Balleno.

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