¡NO TE ACERQUES DEMASIADO, POR FAVOR!

¿Quién no ha estado sentado en el autobús completamente vacío y el pasajero que acaba de subir se sienta lo más alejado de ti? No te preocupes, no sucede porque huelas mal; sino porque todo el mundo procura sentarse cerca de otro viajero. Generalmente, eligen el asiento más alejado al tuyo.

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Este fenómeno de mantener la distancia con los extraños ocurre también  en nuestra vida cotidiana cuando paseamos por la calle o entramos en un ascensor, respetamos este espacio. De lo contrario, causaríamos malestar o incluso accesos de angustias.

Sin embargo, cuando vamos en el tren o estamos en la sala de espera y queda pocos asientos libres y no nos queda más remedio que sentarnos junto a otra persona. Sentimos esa sensación de estar invadiendo la distancia prudencial personal. Ya que tenemos un espacio íntimo a nuestro alrededor donde de un modo u otro estamos diciendo “Prohibido entrar”.

Aunque este territorio no se trate de algo real como pueda ser un jardín o una casa, es comparable, porque está vetado a los desconocidos. Donde nuestro cuerpo, constituye el centro de nuestro territorio personal y no está abierto a extraños. Esta distancia normalmente varía de un metro a cuatro aproximadamente. Pero para los familiares y amigos se mantiene una distancia de unos cincuenta centímetros hasta algo más de un metro. Y reducimos nuestro perímetro acotado a una distancia inferior a medio metro cuando podemos o debemos adoptar una conducta más confidencial: contacto físico, caricias, susurros,…

Este fenómeno no es exclusivo del ser humano, ya que es un rasgo propio de todas las especies animales donde piensan “Mantén la distancia, salvo hoy, ahora puedes acercarte, y hasta te doy permiso para entrar”.

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 También cuando vamos por una calle concurrida, la gente respeta la distancia o, al menos eso intenta. Un pequeño codazo involuntario se considera una agresión y puede llegar a suscitar miradas de enojo y hasta improperios.

Pero todo esto tiene una fácil explicación: “No hay que fiarse de los extraños. No vaya a ser que me transmitan algún microbio o me quiten mis pertenencias”. En la época de los primates, los miembros del grupo que velaban por su seguridad manteniendo la distancia con respecto a los desconocidos sufrían menos enfermedades, corrían menos riesgo de perder sus alimentos, sus herramientas, y por tanto, tenían mayor probabilidad de vivir más tiempo y tener más descendientes. A fuerza de repetirlo, este sistema ha quedado incrustado en nuestro repertorio de conductas.

Cuando alguien se sienta cerca de nosotros, nos sentimos incómodos y levemente amenazados. Y se produce una reacción, una respuesta fisiológica que se origina cuando hacemos ademán de huir de un peligro o de atacar a un adversario. Las hormonas nos preparan para la acción. La sangre se retira de la piel y del intestino y se concentra en los músculos. El corazón se desboca. Y nuestras pupilas se dilatan.

Esto se manifiesta normalmente con una conducta de desplazamiento: pequeños movimientos inútiles que delatan la existencia de un campo de tensión. Rascarse la cabeza, arrastrar los pies, frotarse las mejillas, aunque cada cual tiene su manera de afrontar estas situaciones tensas. Pero si somos nosotros los que tenemos que invadir la privacidad de otra persona, también nos sentimos molestos. Y nos deshacemos en disculpas y gestos de desplazamientos.

Y tú, ¿eres de los que entran en el territorio personal o de los invadidos?

Fdo. Hablando Balleno.

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