AHORA NO ME VES, AHORA ME VES.

Recuerdo perfectamente el momento en el que me dí cuenta que era invisible. Tenía apenas dos años de edad. Sabía andar pero por vagueza, me desplazaba a gatas. Refregando las rodillas por todo el suelo. Más de un pantalón y leotardos partí. Mi madre me gritaba, pero yo la ignoraba. Lo de gatear era algo bastante agotador, por lo que me tomaba mi tiempo para desplazarme de un lugar a otro. Permanecía inmóvil, observando todo perfectamente con mis grandes ojos.

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Las piernas extrañas chocaban conmigo y, lloraba al principio. Pero luego dejé de hacerlo porque nadie me veía ni nadie me oía. Cambié de táctica. Por lo que, cada vez que las veía me agarraba a ellas y así aprendí a trasladarme de un sitio a otro. Ya no tenía que ir dejándome las rodillas. Las piernas ajenas hacían de las mías. Mis piernas favoritas eran las de mi padre, que aprendió a llevar ese sobrepeso en sus piernas.

Durante mucho tiempo luché contra mi invisibilidad. Pero fue un error, porque hacía mucho ruido al no querer ser invisible, y eso, no me gustaba nada. Tardé en darme cuenta que era mejor que, la invisibilidad fuese mi aliada. Y ahora la gente habla conmigo sin pudor porque en realidad es como si no estuviera.

Me lo cuentan todo, sin guardarse ningún resquicio. Sus laberintos de preocupación, sus sueños sosegados y sus pesadillas más íntimas. Algunos se toman el privilegio de echarme el humo de sus cigarros a la cara mientras desenredan sus secretos a viva voz, tan ignorantes de mi presencia. No esperan que les responda. Los invisibles no hablamos, sólo susurramos. Pero anoto en una libreta todo lo que me dicen. Además de subrayar en color rojo a aquellos que me hacen llorar con el humo de sus cigarrillos.

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Hoy me levanté cargada de ánimos y fui a comprar pan al supermercado de al lado de casa. La puerta no se abrió. Di dos pasos hacia atrás para volver a intentarlo, pero seguía sin abrirse. Inmóvil, sin inmutarse de mi presencia. Me disponía a golpear la puerta con los nudillos para que las cajeras me abrieran la puerta cuando una mujer cargada de bolsas se acercó a la puerta y ésta se abrió. Aproveché para entrar, rápidamente. Cuando salí, lo hice junto a un jubilado que acababa de comprar una viena de pan y un brick de vino peleón. Al volver al trabajo las puertas no se abrieron. Como no entraba ni salía nadie no pude pasar y me fui al parque a pasear al sol.

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Hoy ha vuelto a pasar. Las puertas no me ven. Pero no saben que ya no soy invisible.

Fdo: Hablandoballeno.

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