CUANDO UNA PUERTA SE CIERRA, UNA VENTANA SE ABRE.

Aún recuerdo aquel día que recibí el mensaje de texto en el móvil. Andaba a kilómetros de donde pasaría los próximos años, pero aun así me sentí tan cerca… Iba a abrir una nueva etapa en mi vida y dejaría atrás aquellos años del instituto.

El ajetreo de buscar alojamiento, recompensaría con creces todo lo que estos años he recibido. Salir de casa, aun sabiendo que te vas para volver es difícil. Es una nueva experiencia, que te ayuda a conocer más allá de tus narices y aprendiendo a sacarte las castañas del fuego tú mismo. Y aunque nos duela,… alejarnos del nido de nuestros papis.

Aquel septiembre, con el coche cargado de cosas y donde mis padres me dejaban para afrontar mis primeros días de vida universitaria serían extraordinarios. Recuerdo que se me ocurrió la genial idea de ir andando al centro, no había visto tantos autobuses juntos ni tanta gente peleándose por andar sin chocarse. Los primeros días en aquella gran ciudad me dieron las fuerzas para ir espabilándome. No me quedó otra, pues fueron varias las veces que me perdí y tuve que recurrir a la estimable ayuda de los “mi armeños”. Sin ellos, quizás estaría aun dando vueltas como una peonza por el barrio de Santa Cruz.

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El comienzo del curso se acercaba y con ello mis ansias de comenzar. Me despertaba especial curiosidad cómo transcurriría mis próximos meses (y años) en aquel edificio. Apenas segundos antes de comenzar ya conocía estudiantes como yo, que se encontraban en la misma situación. Eso nos sirvió para compartir sentimientos y pareceres al respecto.

El primer año de carrera fue arduo y lento, sobre todo los primeros meses. Creo que casi todos los que habéis estudiado una carrera, o habéis ejercido algún trabajo complicado, en algún momento os habéis preguntado, ¿qué hago yo aquí? Pues yo también me la hice y no un par de veces, sino un millón doscientas mil veces durante los primeros años. Sin embargo, esto desvanecía rápido porque mis fuerzas por aprender eran mayores que mis miedos. Además, el apoyo que recibía por parte de mi familia era lo mejor de todo. Muchas veces, pensé en tirar la toalla, pero…los trabajadores no se rinden a la primera de cambio, ¿no creéis?

Pasaron los años, como pasan las horas, y así hasta cuatro más. Mis conocimientos sobre la materia iban aumentando como las amistades en la ciudad. Algunas compartieron más que una amable conversación. Otras, llegaron a formar parte de mi círculo de amistad. Bonita y grandiosa amistad. Ellas bien saben que las adoro, y que las quiero mucho y que, pase lo que pase, siempre tendrán un huequecito en mi corazón.

En mi espalda quedarán aquellos momentos de bailes hasta el amanecer, de gritos en la discoteca, de pies doloridos y esas copitas antes de salir. Y risas, muchas risas de color felicidad.

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En estos años aprendí que no siempre la gente anda por su derecha, y que hay que estar avispado para no chocarte y a esquivarlas; que es importante levantar la mano en la parada del bus, que no siempre los chofer de autobús son amables y que más vale pájaro en mano que ciento volando. Que en la vida, no todo es blanco ni negro, que hay una gran escala de grises, que es preciso mostrarte tal como eres porque no ganas nada mintiendo a los demás. Que las personas que valen la pena son aquellas que se visten por los pies, que es preferible no fardar de algo pues… por la boca muere el pez y que, por muchos o pocos años, siempre se aprenden cosas nuevas a diario. Que la felicidad es un modo de vida y no se ha de borrar la sonrisa de tu cara aunque la tempestad esté debajo de ti. Que hace daño el que puede, y no el que quiere. Que nunca has de acostarte sin aprender una cosa nueva, y que nada es imposible. Que soñar despierto es posible si luchas cada día como si fuera el último. Y que para valorar los buenos momentos y las grandes amistades, es preciso tropezarte con piedras  en el camino.

 

Gracias a todos aquellos que han hecho de mi una mejor persona y que me han ayudado, sin ellos, no habría sido posible. 

 

Quizás algún día nos volvamos a encontrar…

 

 Te quiero, Sevilla.

Fdo. Hablando Balleno.

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11 Respuestas a “CUANDO UNA PUERTA SE CIERRA, UNA VENTANA SE ABRE.

  1. Recordarás, mi niña, que en alguna ocasión te comenté: no te preocupes, lucha, vale la pena el esfuerzo y los malos momentos pasan. Lo has logrado… ya no sé si decirte “mi niña” o “pedazo de mujer”, lo has conseguido, Tu esfuerzo ha merecido la pena.
    Yo, desde mi pequeña islita, levanto mi copa y brindo por ti.
    Un beso fuerte, fuerte, campeona.

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