MUJER, DÉJATE QUERER.

Ensimismado en mis pensamientos y observando el local de moda de la zona, recordé las buenas críticas que me habían comentado. La noche estaba comenzando, apenas eran las dos y aquello estaba desierto. Puede que fuese aún temprano o, puede que eso indicara la despedida del verano que no quería ver. Estaba imaginándome esas bolas rodantes que aparecen en las películas del oeste en la pista de baile cuando, inesperadamente, aparecieron en acción un grupo de chicas.

Como siempre, me quedé anonadado mirándolas. Me fijé en una mujer en concreto, es guapa. Guapísima. Se lo comenté a mi amigo y, me dijo lo que acababa de pensar. Seguí bebiendo el Gin tonic que tenía entre las manos cavilando cómo entablar una conversación con esa belleza.

Ahí estaba, sentada frente a mí. No sabía si acercarme… porque la apariencia de dura y fría, me dejaba descolocado. Pero… ¡Qué cojones! ¡Voy a ello! Bueno, voy a darme un poco más de tiempo así convenzo a Manuel para que me ayude a robarle unos minutillos a esa joven, medité.

STUDIO 54 1978

 

Mientras, un chico les dio un fortuito golpe y se les cayeron los vasos al suelo. ¡Este es mi momento! Le grité a amigo en el oído. Rápidamente nos acercamos para preguntarles a las chicas si se encontraban bien. Ellas con una gran sonrisa nos contestaron que sí pero ella, en cambio, nos respondió con un “Sí, no os preocupéis. Gracias”.

En ese momento, sentí como un cuchillo se clavaba en mi interior al escuchar esas palabras tan cortantes. Menos mal que vengo con Manuel, si no… hubiera huido despavorido. ¡Qué horror! Pensé. Sin querer dejarlo pasar, le pregunté si le apetecía otra copa. Ella, ni corta ni perezosa, me volvió a responder con otras palabras bruscas. Me resistía a dejar aquella ocasión, aunque parecía que ella me intentaba echar a patadas.

En ese momento me di cuenta que tenía un escudo, que tal vez fuese inconsciente, ante el miedo a lo desconocido. A mí. Y es normal… ¿Qué loco seguiría aquí con tales palabras? Pues… ¡el menda! Prosiguiendo con la tortura, le comenté la escasez de personas en el local y justo eso desató su libertad de expresión comentándome algunas palabras que llegaron a terminar en una pregunta clara y concisa. Estaba absorto, no me estaba creyendo aquello. ¿Me estaba preguntando por mi nombre? ¡Siiiiií, Diego! ¡Despierta! Me dije y reaccioné a los pocos segundos. Tras varios minutos de conversación fluida y relajada, pude conocer su nombre, edad, profesión y hobbies.

Después de todo eso, me armé de valor y le pregunte si le apetecía a bailar. Y ella aceptó encantada. Mientras estaba bailando con ella, mis amigos me miraron atónitos y les contesté con la mejor de mis sonrisas. Estaba eufórico, había conseguido sacar a bailar a la mujer más guapa del local pero, seguía dándole vueltas a la cabeza. No entendía por qué se comportaba así conmigo.

Al son de la música, bailamos. Bailaba de una forma que me cautivaba, ¡qué manera de mover esa cadera! Me volvía loco. En una de las canciones un poco más lenta aproveché para acercarme a su oído y decirle que la había juzgado mal. Era cierto, creía que era alguien que no era. Me había equivocado.

Nuria me comentó que generalmente la juzgaban por tener esa coraza, pero ponía esa barrera inconsciente porque necesitaba lidiar con su pasado y con las inseguridades que éste había creado en ella. Me explicó también que, era una forma de impedir que la hirieran otra vez. Estaba cerrada a las relaciones sociales porque así se protegía de cualquier herida nueva. No estaba dispuesta a que aquello le sucediese otra vez. Quizás la gente me tache de egoísta, soberbia y antipática. Eso hacía que, las personas con buenas intenciones, no supieran cómo acercarse o cómo acertar (¡Cómo a mí! Pensé) y tengan, a veces, miedo de lanzarse. Ella, solo pedía que las personas que realmente la quisieran conocer tuvieran paciencia y que respetaran sus límites.

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Noté en sus palabras un dolor intenso. Su mirada era intensa y sus ojos le brillaban. ¿Qué había hecho? Sin duda, prejuzgar. Por eso, le pedí disculpas otra vez. Le comenté que no era nadie para decir cómo tenían que comportarse las personas. Cuando una persona conoce a otra no sabe qué historia trae, por eso hay que ser pacientes y comprensibles. Y yo, en cambio, no lo había sido. Ella me perdonó con un abrazo y se lo devolví con más amor aún.

Noté como aquellas confidencias, hicieron que se sintiera más querida y apoyada. Confió en mí, en un completo desconocido. De una forma curiosa comprendí que muchas de las personas que se sienten solas están deseando recibir un poco de cariño y atención. Sin embargo, simplemente, tienen que concederse el derecho emocional de saber que son personas valiosas que se merecen lo mejor. El deseo de ser querido y aceptado por los demás, queriendo a alguien tal y como es sin pretender cambiarle.

Y allí,… entre besos robados, discerní que de todo se aprende, y la realidad, es que al final, quien más sale perdiendo es aquel que no se deja querer poniendo un muro entre él y el resto del mundo. Por eso, le susurré al oído… ¿y si te dejas querer, mujer?

 

Fdo. Hablando Balleno

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