21 INVIERNOS

Era un frío día a finales del 93 cuando apareciste por sorpresa en mi vida. Apenas tenía dos años cuando llegaste, pero ahí estaba yo sin percatarme en lo que te ibas a convertir para mí.

Y es que, contigo aprendí por primera vez lo que significaba tener celos, pelearnos hasta perder el aliento y descubrí, también, la complicidad. Tenerte como hermano es una de las mayores aventuras que me ha ofrecido la vida. Pero, como ocurre en todas las relaciones intensas… no están exentas de conflicto y, la nuestra no iba a ser menos.

niñas-peleando

Es cierto que el tiempo, a veces, crea barreras difíciles de superar, que hacen que nos centremos en nuestra propia vida y en ocasiones puede que nos hayamos distanciado. De ahí que muchas veces me haya planteado alguna vez: ¿cómo habría sido mi vida si fuera hija única?

No hay ningún amigo como un hermano, y tampoco ningún enemigo como un hermano.

Proverbio persa

Probablemente, mi infancia habría sido más tranquila. No habría tenido que compartir habitación, ni competir por la atención de nuestros padres. Habría eludido innumerables discusiones y peleas, salidas de tono, palabras amargas y reacciones dolorosas. Me hubiera llevado menos disgustos y hubiera tenido que superar menos obstáculos para lograr mis objetivos. Sea como fuere, mi vida sería muy distinta. E inevitablemente, yo también.

Pero en el proceso, posiblemente me hubiera perdido muchas cosas. Porque nos hemos pasado la vida molestándonos y poniéndonos de los nervios, pero sin la existencia de uno de nosotros, nada hubiera sido igual. Sin nuestros secretos y confidencias, sin la risa floja y las miradas cómplices…

Y aunque a veces, me metiese contigo no implicaba que lo pudiera hacer nadie más, así que si me enteraba de alguien que se atreviera, ahí iba yo, saltando con mi instinto de protección.

hermano8

Pese a las diferencias, eres la persona que más he querido y también la que más he odiado. Ambas en un mismo día. Despiertas lo mejor y lo peor de mí.

 Las parejas van y vienen, los hijos llegan y eventualmente se van, los amigos se transforman y se alejan. Lo único que jamás se pierde es un hermano.

Gail Sheeny

Todavía recuerdo, el día que mi juguete preferido apareció en tus manos. Aprendí una de las grandes lecciones de la vida, compartir. Sería fantástico decir que mi reacción inicial, fue de generosidad absoluta, pero no fue así.

Así que me lancé sin dilación, con la firme misión de recuperar lo que era mío, sin importarme lo más mínimo lo que le pasase al “usurpador” que lo sujetaba. Me defendí con empujones, tirones de pelo y, por primera vez, utilicé el método de “Speedy Gonzales”, que consistía en agarrar el juguete antes de que te dieses cuenta y salir pitando, con toda la velocidad que mis cortas extremidades me permitían.

Pero, he de reconocer que estas técnicas no terminaban de surgir efecto porque el llanto rápidamente alertaba a mamá, que muy cariñosamente me informaba de que las cosas “había que compartirlas”. Admito, que tal blasfemia me dejaba enfadada pataleando pero después no me quedaba otra que ceder.

Con el tiempo, aprendimos los beneficios del “quid pro quo”, o lo que es lo mismo, el conocido “hoy por ti, mañana por mí”. Haciéndonos expertos en el trueque, algo clave en toda convivencia. Y sin saberlo, aprendí a negociar y a ser generosa; a valorar las necesidades, ilusiones e inquietudes de otro ser humano además de las mías. Todo ello, me ayudó a desarrollar la empatía y a limar mi egocentrismo, cualidades que me han servido en los años venideros.

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Y es que…los hermanos son como cajas de pandoras, ya que despiertan nuestras primeras envidias y comparaciones. “¿Por qué siempre le tocan los mejores regalos?”, “¿Por qué mamá o papá lo quiere más a él?”. Consciente o inconscientemente, entraba en una competición contigo. Esto puede ser algo malo, pero en nuestro caso, se convirtió en una competición sana que nos llevó a desarrollar nuestras habilidades innatas y talentos.

Aprendimos a hacer “equipo” para conseguir un objetivo común de papá y mamá. Era todo una misión, y nada podía salir mal. Estaba todo fríamente calculado. Éramos unos cracks en eso de las estrategias.

¿Sabes un secreto? No existe nadie que sea capaz de sacarme de mis casillas como lo haces tú. Tienes la capacidad de tocar todas las teclas correctas para hacerme saltar. A veces, pones a prueba el alcance de mi ira y la potencia de mi mala leche. Despiertas mis más bajos instintos, que se transforman en viles palabras y hasta en tirar cojines con sorprendente puntería.

Ayuda a tu hermano a cruzar el río y verás que tú también llegaste a la orilla.

Anónimo

Puede que una de las lecciones más importantes que me hayas enseñado sea la complicidad.  Donde según la RAE, es “la actitud con que se muestra que existe conocimiento por parte de dos o más personas de algo que es secreto u oculto para los demás”. O dicho de otro modo, es la capacidad de identificar en uno de esos eternos viajes en coche a qué familiar se le ha escapado una de esas ventosidades conocidas como ‘muerte silenciosa’, que atacan a traición y dejan una indeleble huella olfativa.

Es esa cualidad que nos lleva a rendirnos a la risa floja, a comprendernos con una mirada, a terminar inventando juegos a las tantas de la madrugada para combatir el aburrimiento.

Por eso, y por un millón de cosas más, eres mi gran maestro. A diario, me brindas la oportunidad de desarrollar mi tolerancia y mi paciencia. Como cuando me dices las verdades que más me cuesta escuchar. Y por si fuera poco, me ayudas a comprender el auténtico significado de aceptación y perdón. Pero ante todo, me ayudas a descubrir quién soy. Y como me llevas al límite, me das la oportunidad de decidir quién quiero ser…

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Gracias por ser como eres.

Te quiere mucho.

Tu hermana

Fdo. Hablando balleno.

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