VALIÓ LA ALEGRÍA

“¡Qué calor, Guillermo! ¿No podríamos haber ido mañana que ya tengo el coche arreglado?” Le espeté. “¡Qué dices! ¿Mañana? ¿Tú quieres que nos lo denieguen? Hoy es el último día del plazo para entregar la documentación” me reprochó.

Ir en el autobús en pleno verano con unos cuarentitantos grados centígrados en Sevilla no es de mi agrado y mi amigo lo sabía. A Guillermo también le disgustaba, pero no había otra forma de desplazarnos. Como cualquier línea de bus, este autobús daba una tremenda vuelta por la ciudad, un de cabo a rabo, como bien diría mi abuelo.

Mientras Guillermo no paraba de darme la tabarra con los últimos fichajes de su equipo favorito. De repente… la vi. Vi la calle donde vivías o vives, no lo sé. Cuánto te echo de menos, Lola…Un escalofrío me entró por el cuerpo, hacía tiempo que no me sentía así. Creía que lo había superado, pero me estaba mintiendo… “Tío, ¿qué te pasa? ¿Por qué lloras?” Me preguntó sorprendido y preocupado Guillermo.

“No pasa nada, no te preocupes. Estoy bien” le contesté. “¿Qué no te pasa nada? ¿Tú te has visto? No te creo, Rubén. Me gustaría que me comentaras qué te ocurre, antes no estabas así”.

Rubén hace casi dos años que conocía a Guillermo, pero nunca le había comentado nada sobre temas del corazón. Pero necesitaba desahogarse, se había roto y precisaba de su amistad para confesarle qué le ocurría.

“Guille, aquí vivía Lola…Hace mucho tiempo que no sé nada de ella. Estoy perdidamente enamorado de ella y me comporté como un tremendo estúpido, un gilipollas en toda reglaElla no quiere saber nada de mí y yo nunca he podido decirle todo aquello que sentía y que sigo sintiendo” le confesé. “No te rindas, Rubén. Intenta contactar con ella y cuéntale cómo te sientes. Tú no eres un idiota, tío. Déjate de bobadas y mándale un mensaje de texto al móvil. Cuando se lo mandes me mandas un WhatsApp para avisarme. ¡No seas cobarde!” me animaba mi amigo.

Reflexioné durante toda esa tarde si dar ese paso o echarme para atrás como llevaba años evitando. “¿Me merece la pena arriesgarme a que no me conteste? No me contestará”, me repetía a mí mismo de forma rotunda.

Tras una larga tarde deliberando si los pros eran más numerosos que los contras, me armé de valor y osadía para escribirle a Lola. Deseché la idea de mandarle un WhatsApp porque sabía que ella me había bloqueado y la única forma de ponerme en contacto con ella sin tener que descolgar el teléfono y llamarla, era enviándole un SMS describiéndole todo aquello que sentía. Quería despojarme de aquellos malos años en los que no era yo, que vivía con tropecientas mil cosas en la cabeza y martirizándome para no pensar en Lola.

Ansiaba llegar al momento de tumbarme en la cama y ponerme a escribir el mensaje. Eran más de las once, pero sabía perfectamente lo que quería decirle pues había estado durante toda la tarde pensando en ello. Cogí el teléfono y le escribí:

“Buenas noches, Lola. Tal vez no leas este SMS, pero necesito decirte algo igualmente…”

Tal y como le di al botón de enviar sentí una bocanada de aire fresco, como si volviese a respirar después de un tiempo aguantando la respiración. Y de repente, se había esfumado esa sensación de ahogo de golpe que llevaba arrastrando en estos largos y duros años por no haberte demostrado y dicho todo lo que merecías.

No podía dormir. Era un efecto similar a cuando te bebes tres o cuatro cafés al día, que no eres capaz de conciliar el sueño… Y ahí estaba yo, sin poder dormir y rodeado de fotos con miles de recuerdos tuyos recordando tu sonrisa y tus canciones inventadas en el coche…

Desperté al día siguiente con un nudo en el estómago, pero sintiéndome vivo. Había podido echarle huevos al asunto y le había escrito a Lola. Tenía que agradecerle tanto… había formado parte de mi vida en tantas etapas que necesitaba agradecérselo como nunca lo había hecho antes.

Bien es cierto que nos mandamos un par de mensajes más pero este vaivén de emociones y sentimiento aumentaban con cada palabra de ella. Y se multiplicaban las ganas de volver a escuchar su voz…y verla.

Semanas después, recuerdo aquel día cuando Lola vino a verme y estaba ahí al lado de la Torre del Oro esperándome con un helado en la mano. La vi radiante, más guapa que nunca. Tras varios meses, he sentido como me ha dado vida en esa oscuridad que estaba.

Un par de años más tarde, escribo estas líneas disfrutando de su sonrisa enfrente de mí. Vivimos juntos y creo que todo aquello que pasamos, valió la alegría.

Ahora, con ti y sin ti. Nada es igual. Crear galaxias, inventar palabras, hablar con los ojos, descubrir sentimientos, bailar con el alma, disfrutar cada aliento, saborear emociones, saltar al vacío, reír hasta el éxtasis, crear canciones, mirar más allá, sentir tranquilidad, desconectar de la vida, observar tu respiración, acariciar tus mofletes, enredar tu pelo entre mis dedos, susurrar buenos días, despertar a tu lado, vencer los miedos, ganar batallas, desafiar al futuro, cocinar sin recetas, medir el tiempo en capítulos, sonreír dando vida, escuchar el silencio, viajar a Sídney, contar estrellas, abrazar como koalas, tener manías, llenar el mundo de protones, soñar despiertos, entender a besos, coleccionar conchas, recoger vidrios rodados, aprender a vivir, valer la alegría, ver los fuegos artificiales desde arriba, querer a montones…

 

Fdo. Hablando Balleno.

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